La Princesa Tempestad y otros cuentos de invierno


Esta es una pequeña antología de relatos donde el frío y la oscuridad se cuelan entre los párrafos. Ya sea por localización temporal, sensación térmica o alma metafórica, el invierno está presente.  Hay uno que explora las consecuencias de pasarte con la bebida en estas fiestas. Hay otro donde el despertar hace añorar el sueño. Hay monstruos. Hay magia.

 

Hay gatetes, un cuervo y una tortuga.

 

Es el invierno una estación de cambio, de hibernación. En ella, todo muere con la esperanza de renacer en primavera, de tener la oportunidad de florecer de nuevo.

 

Son relatos donde, desde la oscuridad, se espera que vuelva la luz algún día. Relatos donde esa misma luz añorada derrota las sombras que han campado a sus anchas en la estación gélida. Hay cuentos de renacimiento, de redención y de duda; sueños y despertares. 

La portada es obra de Lorena García y mola un huevo de brontosaurio. No me digáis que no queréis un póster.

Sin más dilación, el relato que da nombre a la antología. Espero que lo disfrutéis.

La Princesa Tempestad

La niña había nacido lustrosa e impregnada en los prosaicos fluidos del parto. Por la existencia de la Princesa, la Reina encontró su fin, pero era en realidad la condición femenina de la neonata la que contrarió a su padre en demasía. Blasfemó contra todos los dioses, los que existen y los que han inventado los mortales buscando consuelo, y no quiso cogerla en brazos cuando las ancianas se la ofrecieron, ya limpia y fajada en telas blancas, ni tampoco darle un nombre. Se sentó, enfadado, ignorando la tormenta que azotaba su palacio y que no tenía nada de especial.

    Había amanecido cuando se abrió su puerta y un desconocido apareció. El Rey tuvo que tomarse unos instantes para asimilarlo. Iba cubierto por una capa negra, pero bajo ella se entreveían unos ropajes de color impreciso. Apenas podía distinguir sus rasgos bajo la capucha, y había tenido la insolencia —y la habilidad— de llegar hasta sus aposentos.

    —Vengo a pediros la mano de la Princesa —dijo el desconocido, sin rodeos—. Vendré a buscarla cuando os sintáis preparado para prescindir de ella —añadió.

    El Rey, consternado, se levantó de su sillón, con intención de increparlo, pero se lo pensó dos veces antes de hablar.

    —Vuestra audacia es grande, desconocido —bramó—. No sois quién para pedir la mano de una princesa, y menos de la mía.

   —Conozco los nombres de todas las estrellas y las familias que forman entre ellas, mirando desde las Nueve Esquinas del Universo —replicó el desconocido—. Puedo navegar por los océanos que carecen de agua, identificar los límites del alma de los mortales y domar a los lestrigones y las hidras.

    El Rey estaba sorprendido, pero no dejó traslucir emoción alguna.

    —Pagaréis una dote por ella —exigió, y en ese momento tuvo una idea—. Si de verdad sois uno de esa clase, el día que os la llevéis me daréis lo que os pida —declaró, satisfecho con su ingenio. El desconocido asintió y pidió una prueba o documento que oficializase el trato. El Rey, diligente, escribió con su mala caligrafía las condiciones sobre un pergamino y lo selló con su lacre; lo mismo hizo el desconocido. Lo guardó después bajo su capa y se despidió del Rey, que volvió a su sillón sonriente, para quedarse dormido muy poco después.

La primera palabra de la Princesa fue “cuchara”. La anciana que la cuidaba no le dio mayor importancia y continuó alimentándola con sus gachas de mediodía. La segunda palabra de la Princesa fue “¿Yo?” y estuvo seguida de un doloroso tirón de pelo de la doncella que la peinaba con descuido. La tercera palabra de la Princesa fue “¡Papá!” y con ella se ganó una sonora bofetada de Su Majestad que le dejó el carrillo enrojecido y una sentencia firme: “Soy tu Rey. Que no se te olvide”.

    La confusión reinó en el aprendizaje verbal de la Princesa mucho más que en el de cualquier otro niño. Viendo que sus intentos por comunicarse eran baldíos o contraproducentes, optó por el silencio hasta cumplir los siete años, cuando dijo su primera frase: “Ese anciano ha puesto veneno en vuestra copa, Su Majestad”. El Rey se sorprendió de escucharla, pero no hubo golpes. Obligó al anciano a beberse la copa y el anciano murió ante sus ojos entre terribles espasmos. La Princesa fue obsequiada con un vestido nuevo que no le hizo demasiada ilusión y una sonrisa de su padre —no, no de su padre; una sonrisa del Rey— que la acunó por las noches durante mucho tiempo. A los siete años y medio, con un esfuerzo ímprobo, la Princesa dijo su segunda frase: “Quiero alguien que me enseñe qué significan las rayas que brincan alrededor de los dibujos de los libros”. La anciana que la cuidaba, un tanto sorprendida pero igual de flemática que siempre, comentó al Chambelán de Su Majestad que quizá ya era hora de empezar a enseñar a leer a la niña, para que pudiera ser piadosa en su madurez y leer sus Plegarias, como han de hacer las mujeres de bien. La tercera frase de la Princesa, a los ocho años, fue la respuesta a una pregunta del Rey acerca de sus lecciones de lectura y escritura: “Estoy contenta porque puedo leer mis Plegarias y ser una Princesa piadosa, como han de ser las mujeres de bien. Ojalá tuviera más libros”. Fue obsequiada con otra sonrisa de su padre, aunque ya no le importaban, otro vestido que abultase su baúl y un gatito blanco con un gran lazo al cuello, al que llamó Cuchara. Cosida al lazo, con las toscas puntadas que caracterizaban a la anciana que cuidaba de ella, estaba la pesada y vetusta llave de la Biblioteca del castillo.

La primera vez que se aventuró en la Biblioteca descubrió que a los ratones les gusta el papel y se llevó dos volúmenes de letra menuda sólo porque le gustó el color de su cubierta roída. La segunda vez que se adentró en aquel laberinto de salas silenciosas se llevó consigo a Cuchara y empezó a colocar algunos libros por tamaños, encontrando uno muy grande con ilustraciones de animales que era imposible que pudieran existir. La tercera vez, había ideado un plan para ordenar todos los libros y poder leerlos teniendo la seguridad de no saltarse ni uno.

    La Princesa aprendió formas de hacer su vida más fácil gracias a los libros. Descubrió en uno de ellos la existencia de los abrazos, y ensayó con Cuchara hasta que creyó tener la técnica perfeccionada. El primer abrazo se lo dio al Rey, su padre, tomándolo por sorpresa en una audiencia pública tras una revuelta, y arrancó suspiros de ternura de todo el Parlamento, que condenó unánimemente a los rebeldes, que tenían la osadía de levantarse contra un líder que había criado una hija que le profesase tal afecto irreprimible. Aquello le supuso dos piezas de velo de tul amarillo, un color que detestaba, y un salterio lujoso que no tenía forma de afinar.

    Su segundo y tercer abrazo acontecieron mucho después.

Cuando el Rey hacía mucho tiempo que se había olvidado de su trato con el desconocido, convencido de que todo había sido un sueño por el fastidio de haber tenido una hembra en vez de un varón, y las revueltas de los ciudadanos, junto a las malas cosechas, las protestas del Parlamento, el desmesurado poder de los nobles y la integridad de su propia cabeza le quitaban el sueño, el Conde vino a solucionar sus problemas. Puso a sus pies toda su fuerza militar, llena de jinetes y máquinas de guerra, y le ofreció pagar con su inmensa fortuna las obras en los caminos que exigía el Parlamento, así como otra serie de minucias civiles que al Rey le daban jaqueca. A cambio, sólo pedía convertirse en su heredero, para ser Rey tras su muerte, “Nunca antes”, juró ante los dioses. Sólo había una forma de hacer aquello legal, y aunque la Princesa sólo tenía once años, el Conde acababa de pasar la treintena y además estaba prometida con un desconocido, el Rey le concedió su mano.

    El compromiso se hizo de forma pública, con una gran fiesta y un gran banquete, durante el cual la Princesa trató por todos los medios de no decir ninguna inconveniencia. Se vio sentada junto a un hombre de aspecto hosco y barba hirsuta que la miró de reojo durante todo el festín. No se había imaginado a un esposo tan viejo. El miedo le corroía las entrañas. Su padre sonreía, y aunque hacía mucho que había dejado de importarle eso, al menos presagiaba que no habría golpes por su parte. No estaba segura de qué tenía que decir a su prometido, así que sólo abrió la boca para comer.

    Al acabar el festejo, su prometido se despidió de ella, preguntándole si estaba contenta por el compromiso, con una sonrisa que le heló la sangre. La Princesa, aterrorizada, acertó a adivinar que susurrar “Tengo miedo” no le complacería demasiado. “Estoy muy feliz de comprometerme contigo” fue la frase que musitó tras vacilar.

    El Conde le dio un rápido y breve cachete que le arañó la nariz.

    —Te referirás a mí adecuadamente, niña. Soy tu prometido, no tu amigo. Recuérdalo siempre.

    Ella asintió, mordiéndose la lengua, y aquella noche tuvo su primera pesadilla, que no recordó nunca.

Los dos años siguientes los pasó clasificando los libros de la Biblioteca por temas y leyendo sobre esposos y esposas. Tuvo tantas pesadillas que no hubo forma de contarlas, y de unas se acordó y otras fue dichosa de olvidar. Leyó hermosos cuentos llenos de palabras de amor y terribles litigios de asesinato por celos. Dudó sobre el epígrafe bajo el cual debía guardarlos y resolvió que sería Cosas que no sé si son verdad pero no sé si es menester descubrirlo. Temió a lo desconocido y a lo que pudiera hallar en el alma del Conde. Cuchara tuvo gatitos y ella los conservó todos, pero no les puso nombre. Los escondió en la Biblioteca, desde cuyas ventanas podían escapar al jardín, y en la cual podrían colaborar para proteger a los libros de los mordiscos de los roedores. Supo que se esperaba de ella tener niños también algún día y se informó sobre cómo hacerlos y cómo traerlos al mundo, y tuvo más pesadillas.

    La siguiente ocasión en que se encontró con el Conde, lo llamó “Mi señor”. Eso le hizo sonreír, y sólo le pellizcó dolorosamente la mejilla y le entregó unos zapatos nuevos, de seda amarilla. Cuando le preguntó qué le parecían, ella no contestó.

    —No tienes cara de que te gusten —comentó el Conde, dándole un leve y seco cachete que le arañó la barbilla—. Te gustarán mis regalos, niña.

    La Princesa asintió, y añadió un “Muchas gracias, mi Señor”.

    Las guerras del Rey se recrudecieron en algún lugar, y no vio al Conde durante tres años pacíficos en los que la prole de Cuchara aumentaba y la Biblioteca iba adquiriendo un orden precario, mientras descubría que había idiomas de los que nunca había oído hablar y libros a los cuales alguien había arrancado determinadas páginas no para comérselas, presumiblemente. Leyó mucho más, mientras mostraba respeto a Su Majestad y le arrancaba sonrisas que sólo significaban para ella la ausencia de golpes. Leyó sobre el amor y observó a Cuchara lamer las cabecitas de sus cachorros, y se lamentó de no conocer en carne propia lo que eso era, igual que se lamentaba de no poder volar. Quiso amar al Conde, y memorizó todo lo que una amada diría a un amado.

Dio su segundo abrazo tras una batalla especialmente cruenta, cuyo humo había podido verse desde su palacio. Cuando el Rey y el Conde regresaron victoriosos, ella ya estaba aguardando con sus zapatos amarillos y los brazos entumecidos de la tensión. Se echó al cuello del Conde, que no había cambiado mucho pese a estar cubierto de sangre ajena y tener los ojos desencajados, y manifestó la preocupación que había sentido por él todo ese tiempo y el absoluto convencimiento sobre su indudable victoria y la certeza de su espada, y tuvo que callar entonces para que el olor a muerte no la hiciese vomitar. El Conde la estrechó también con un brazo, al parecer complacido, y comentó al Rey por primera vez que ya parecía estar madurando, lo cual a ella le provocó más náuseas, pero aun así sonrió.

    La anciana que la vigilaba le habló, en los meses siguientes, de la importancia de complacer al Conde. Le habló de sucesiones, de reinos, de formas de llegar al poder, de lo fácil que es casarse con una Princesa y hacer que muera tras el parto de un heredero aunque el alumbramiento se haya llevado a cabo sin problemas. Le habló de lo que había visto en su larga vida, le habló de cuerpos y habilidades, de docilidad y dulzura, del lugar que una debía ocupar si quería sobrevivir. La Princesa atendió horrorizada a todas sus recomendaciones, que cesaron una mañana que la anciana no despertó, y fue sustituida por una mujer hosca que nunca hablaba. Tras llorarla en silencio y sin lágrimas, se alegró infinitamente de que los libros no pudieran morir.

    El Conde comentó al Rey que la Princesa parecía estar madurando por segunda vez durante un banquete. En él, famosos instrumentistas y consagrados actores habían venido a actuar, y la Princesa estaba entusiasmada con el espectáculo y la música, pero no dijo nada, ya que recordaba perfectamente que el Rey era Rey antes que su padre, y que el Conde era su prometido, no su amigo.

    El Conde hizo su comentario por tercera vez una tarde que se encontraron accidentalmente en la puerta de la Biblioteca, de donde ella salía sosteniendo un abstruso volumen sobre geografía. Esta vez, el comentario vino rubricado por una mirada que la Princesa no quiso ver, media sonrisa de la cual trató de huir y una caricia en su mejilla más espantosa que todos los cachetes secos del pasado. No estaba segura de estar contenta de llevar los zapatos amarillos.

La boda fue fijada para su decimosexto cumpleaños. El Conde le envió nuevos vestidos y a ella le gustaron sin planteárselo. Cuchara murió en las fauces de un sabueso de caza y la Princesa se entristeció muchísimo, pero no dijo nada a nadie, porque su padre era el Rey y su prometido no era su amigo.

    La Princesa era tan dócil y obediente que el Conde se replanteó sus planes. La Princesa se estaba volviendo tan bella que los desechó casi todos, salvo el de acabar con la vida del Rey lo más pronto posible tras celebrarse la boda. La Princesa mantenía siempre la boca tan cerrada que el Conde empezó a creer que el negocio que había hecho era aún mejor de lo que había pensado en un principio. La figura de la Princesa era tan exquisita que temía no poder contenerse antes de la noche de bodas.

En la víspera de la noche del aniversario del nacimiento de la Princesa, un desconocido apareció en los aposentos del Rey.

La Princesa estaba llorando en silencio, como había aprendido a hacer, durante la puesta de sol. Consiguió secarse las lágrimas y ponerse en pie sin que nada se notase cuando oyó abrirse la puerta, y saludó a Su Majestad y fijó los ojos en el suelo.

    —Es hora de que te marches con tu prometido —dijo el Rey.

    La Princesa levantó la cabeza, asustada, y vio un extraño encapuchado tras él, que para nada compartía la tremenda complexión del Conde. No entendió nada.

    —¿Dónde está mi Señor? —preguntó, sin saber lo que le acarrearía.

    —Olvídate del Conde, niña —dijo el Rey—. Esa sabandija no me va a arrebatar mi reino, y saben bien los dioses que lo necesito mucho más que a ti. Estoy preparado para dejarte marchar. Ahora pagarás por ella —siguió el Rey, dirigiéndose también hacia el encapuchado—. Dame la juventud de mis veinte años, y otros cien más de vida en los que no la pierda, y deshazte de esa alimaña que quería matarme después de casarse con mi hija.

    La Princesa seguía confusa, y dirigió los ojos hacia el encapuchado. Contempló cómo el encapuchado ponía una mano en el hombro de su padre —el Rey— mientras reflexionaba sobre lo acertada que había estado la anciana. Observó desaparecer las canas de la regia barba y de la regia melena mientras se preguntaba qué tendría que decirle a su nuevo prometido, qué buscaba, dónde irían, qué sería de la extensa prole de Cuchara. Fue testigo del sonoro y jubiloso portazo de su padre al salir, dejándola sola con el extraño desconocido.

    El encapuchado, volviéndose hacia ella, sacó de su manga un pergamino que desenrolló con parsimonia. Estaba sellado con el lacre del Rey.

    —Ahí dice que tenemos que casarnos —murmuró el encapuchado. Despacio, desgarró el pergamino en dos trozos. La Princesa apenas atisbaba lo que significaba su gesto, pero no pudo evitar sentir alivio. Roto el documento, el desconocido arrojó los restos a la chimenea. —¿Quieres venir conmigo? —añadió después, tendiéndole la mano enguantada.

    La Princesa no supo qué contestar, ya que jamás se había planteado lo que quería, y mucho menos que tuviera elección más allá de escoger un libro u otro, pero encontró una salida fácil.

    —Quiero irme, pero no contigo. No sé quién eres.

    El desconocido asintió.

    —¿Hay algo que quieras llevarte? —preguntó. La Princesa se agachó un instante y cogió a un pequeño felino atigrado con la mano libre—. Te seguirán, todos ellos —aseguró el encapuchado, y la Princesa sonrió. Viendo que no parecían sobrevolar golpes por ahí, se atrevió a hacer una pregunta.

    —¿Y mis libros?

    El desconocido se echó atrás la capucha y la Princesa sonrió ante lo que revelaba ese gesto. “Así que así eres cuando tienes cara”, pensó. Las palabras revoloteaban, dichas y escritas, en rasgos que cambiaban cada segundo. La Princesa pudo distinguir, ahora que sabía lo que estaba viendo, que sus ropas no eran de tela, sino de pergamino, cuero y papel.

    —Soy todos los libros —dijo quien antes fuera desconocido, ahora reconocida como una amiga amada—. Soy todo lo que alguna vez se ha puesto por escrito. Te he enseñado. Me has cuidado. Me has conocido y te he mostrado mis secretos; en mí, Princesa, has encontrado regocijo y conocimiento. Eso, al fin, te ha hecho libre.

    Le tendió la mano enguantada, que vibraba con el sonido de las vocales olvidadas, y la Princesa se la tomó con una sonrisa.

    —¿Tienes nombre? —preguntó, tímidamente.

    —Lo conoces —aseguró, sonriendo como un incunable—. Me llaman Biblioteca.

Contaron los pocos y afortunados testigos que un jinete cruzó los campos al anochecer, una dama gallarda que cabalgaba con la cabeza muy alta en su briosa montura, y que al menos una decena de gatos la seguían en las sombras. Los muchos y desgraciados que presenciaron el ataque de locura enfervorecida del Rey, de repente joven de nuevo, revelaron que no hizo más que gritar incoherencias toda la noche y hacer desdichadas a las sirvientas que se encontró en su camino. El Conde se marchó con sigilo, sin entender qué había pasado tan cerca de su triunfo, para no volver a ser visto jamás. Media torre sur y gran parte de la panda suroeste desaparecieron del castillo, como si un gigante los hubiera arrancado, dejando sólo palimpsesto marchito sobre los sillares desgajados.

    Dicen que desde entonces no se osa levantar la mano a felino alguno en el reino. Nadie se atreve a quemar un volumen y se respeta a los que los escriben, conocen y atesoran. Muchos se marcharon, huyendo del terror impuesto por el renovado Rey, siguiendo esperanzados el resplandor de los relámpagos en el horizonte y el susurro de los truenos. Casi todos encontraron, finalmente, un lugar mejor donde vivir, donde los libros eran más importantes que las espadas y todo el mundo tenía oportunidad de conocerlos, de aprender de sus páginas y encontrar a través de ellos su libertad.

    Todos, sin excepción, escuchan cuando ruge el cielo. Creen, no tan irracionalmente, que en momentos de tribulación pueden oír en la tormenta una voz calmada y sensata que aboga siempre por la mejor decisión. Los más pragmáticos, sin embargo, buscan esa voz prudente entre las páginas de un volumen pertrechado con sabiduría. Sea de una forma u otra todos, tras encontrar su respuesta, dejan tazones de leche en el alféizar de las ventanas para los gatitos ilustrados, los mensajeros imprescindibles, aquellos encargados de transmitir su agradecimiento a la Princesa Tempestad.

© 2017 by M.C. Arellano.

  • goodreads-128
  • Facebook - Black Circle
  • Twitter - Black Circle